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Ya casi había terminado mi último año de instituto. Como es menester, el comité de estudiantes organizaba la fiesta de graduación. El lugar, el de cada año: una decadente discoteca afectada por la ley de costas. Los propietarios del viejo edificio alquilaban sus instalaciones a un precio irrisorio con el fin de estrujar los últimos céntimos antes de que fuera demolida por un ejercito de escabadoras.
¡Era la fiesta de graduación! Después de la comunión católica, el segundo día oficial en el que nos daban la americanizada y mediática consigna de vestirnos como novias y camareros, o al menos eso me parecía a mí.
El caso es que mis 80 kilos en un metro y medio de altura no allanaban del todo el camino a la hora de hallar atuendo. Visité varias tiendas de alto tallaje pero los psicodélicos estampados, propios de señoras menopáusicas de clase media, encajaban más en unas bodas de oro que en una fiesta adolescente.
Llegué a casa con las manos vacías y observé como mi madre sufría en silencio por todo el tema. Tanto traté de consolarla, que accedí a que me construyera un vestido con unas viejas cortinas de nilón negras, con rosas rojas estampadas. Empaticé de tal modo con su profundo dolor, que incluso estaba dispuesta a ponérmelo y a salir a la calle. La mujer, se había esforzado mucho para que yo fuera de largo al evento.
Consigue un 40% más de volumen. Tus pestañas quedarán alargadas, curvadas, tupidas. -Decía una morruda y bella actriz sudafricana en un anuncio de cosmética. Bajé a la mercería del barrio y adquirí el producto. 15 minutos después me hallaba golpeando la tapa del wc con un pie mientras me apretaba con la mano el ojo izquierdo repleto de pintura negra. Acabé de maquillarme, no sin antes rectificar el rojo pasión de mis labios bajo instrucciones de mi abuela, que consideraba que tanta pintura era excesiva en una señorita.
Mi padre me esperaba en el coche para llevarme al lugar. Durante el camino me estuvo advirtiendo de todos los peligros a los que podía enfrentarme: hombres deseosos de engañarme solo para un rato; posibles envenenadores de vasos en el lugar, y un largo etcétera que desalentó las pocas ganas que me quedaban de ir. Dijo que pasaría a buscarme a las 22:30, negocié esa hora por las 23:00, con éxito. Aun así tendría una hora menos que la cenicienta.
Encontré a mi amiga Garazi esperándome en la puerta. Un hombre de mediana edad que parecía ser el portero nos recomendó entrar de inmediato pues no podíamos permanecer en la puerta obstaculizando el paso. –¡Niñas!– añadió.
Entramos en una sala donde estaba todo el alumnado de cuarto curso vestido de boda, mientras en los altavoces sonaban greatests hits de la década de los 90. Algunas chicas comenzaron a bailar. La mayoría de compañeros estaban sentados hablando. Algunos de ellos tampoco parecían muy confortables con sus corbatas. En el ambiente se palpaba efusividad y alteración. La gente gritaba más de la cuenta al hablar. Yo, sin embargo me sentía insegura y callada aunque abrigada bajo la cómplice sonrisa de Garazi. Pensaba en todos aquellos últimos años de instituto y me encontraba satisfecha por haber terminado con éxito; aun así había algo que no me dejaba disfrutar plenamente de aquello. Mi amiga, siempre atenta, me sacó a bailar un rato, supongo que tratando de que me relajara. Subimos a la tarima, sonaba julio iglesias, –soy un truhán, soy un señor–. No dominaba bien aquellos zapatejos, me pisé la cortina y parte del vestido se vino abajo.
Sentí como si toda la sangre del cuerpo se me viniera a la cabeza. Calor. Dejé de ver con claridad. Sentía vergüenza por las posibles miradas a ese cuerpo que solía esconder y que ahora quedaba al descubierto. Pude vislumbrar una salida y corrí hacía allí. No sabía hacía donde iba pero no podía detenerme. Bajé unas anchas y largas escaleras y me detuve dos pisos más abajo para seguir por un corredor que conducía a una puerta grande y vieja. Bajé la maneta y empujé con fuerza la pesada puerta. Dentro, encontré lo que debía haber sido un lujoso salón ahora medio destartalado.
Era una sala inmensa. De extremo a extremo de la habitación había un bulto en el cual se intuía una larga mesa cubierta con una funda blanca. Cerré las puertas a mi espalda y un profundo suspiro salió de mis profundidades. Dejé caer la cabeza encima del pecho y cerré los ojos. Y en ese momento, descansé, sola, a salvo.
Al levantarla de nuevo, vi que entre los grandes cuadros polvorientos que habían en las paredes, había uno distinto al resto. Me aproximé para mirarlo más de cerca. Ese cuadro, en efecto, tenía algo extraño.
Era el retrato de un personaje con aires de nobleza. Portaba un chaqué hasta las rodillas y un bastón. Lo curioso era que la sombra que proyectaba detrás, era una silueta de mujer y no la suya. Pero lo más inquietante del asunto era que la pintura parecía reciente, fresca. Pasé el dedo corazón por un extremo del cuadro y me llené de pintura. Como en un acto reflejo me olí la mano y un intenso olor a disolvente se coló por mis fosas nasales. Sentí como si una pesada piedra estuviera en el lugar de mi cerebro posterior y me empujara hacía el suelo en medio de un silbido metálico y constante que chirriaba en mis tímpanos; me quedé sin visión un segundo antes de notar como perdía el equilibrio y me desplo-
maba hacía atrás, golpeándome durante la caída, con algo duro, como el titanio.
Abrí los ojos esperando encontrar la madrugada en mi habitación, era consciente de poco más que de mi anodina existencia. Sin embargo, seguía estando en aquel lúgubre salón y en mi cabeza resonaba el galope de los cuatro jinetes del Apocalipsis. Al parecer me había golpeado con uno de los armatostes cubiertos del lugar. Traté de levantarme torpemente varias veces, como si hubiera perdido el dominio sobre mi cuerpo. Me encontraba extraña y me estaba clavando algo a la altura de los riñones. Agarré lo que parecía un bastón y me ayudé con él para incorporarme. Cual fue mi sorpresa, que una vez en pie tratando de recomponer mis vestiduras me hallé sin mi ropa de cortinas. A cambio llevaba una especie de traje oscuro, pero lo más inquietante de todo, no era el atuendo. Sentí un miembro intruso en mi centro de movimiento. Me palpé y no pude evitar emitir un pequeño alarido de estupor. Al iniciar una titubeante marcha hacía no sabía donde, vi el cuadro de nuevo, y en él tan solo yacía la silueta de la mujer. Parecía ser que me había convertido en el hombre del fresco, maravilloso.
A decir verdad, mis nuevos zapatos y atuendo me permitían dar pasos con mayor seguridad y ahínco, me serví del bastón y me fijé en su empuñadura color verde turbio, como el agua de un estanque. Subí la escalera y llegué al salón de actos. Atravesé la sala buscando a Garazi y la vi sentada mirando su teléfono móvil. Levantó la cabeza e hizo una panorámica de su radio de visión, buscándome quizás. Si la abordaba directamente, igual se asustaría y llamaría la atención de toda la demás gente. Y en el caso de que no ocurriera, ¿cómo iba a creer que un señor con semejantes pintas de carca y rancio del barroco iba a ser yo? Desestimé esa idea y decidí salir a la calle a tomar el aire, pues aun me dolía la testa. De camino a la puerta me extrañó que ninguna persona se fijará en mi atuendo tan pasado de moda, esa indiferencia ante mi apariencia me relajaba y otorgaba cierta seguridad inédita.
Me quedé en la entrada mirando pasar a los transeúntes. El portero, esta vez tan solo me dio las buenas noches. –Caballero– añadió. Pasaban por ahí dos hombres de unos 30 años, cuando uno se acercó con un cigarro en la boca y me preguntó si tenía fuego. Le dije que no, y sonreí ampliamente y de forma espontánea, el tío hizo una extraña mueca, y avanzó rápidamente hasta alcanzar de nuevo a su acompañante. Me quedé perpleja. ¿Sería que regalar una sonrisa gratuitamente es una cosa más común en las mujeres? Nunca me había detenido a pensar en ese tipo de cosas.
Se me ocurrió regresar a la fiesta con la intención de observar alguna posible reacción ante mi anterior incidente con el puñetero vestido pero como vi que todo el mundo estaba a lo suyo, me acerqué a la barra para pedir algo que beber, pues mi cerebro había consumido todo el h2o de mi sangre con tanto incidente surrealista. Dejé mi bastón apoyado en la barra, en los dos extremos de ésta habían dos grandes focos que emanaban mucho calor y el camarero se demoraba demasiado en servirme la maldita copa, para mi desespero. En ese momento alguien me golpeo 2 veces por la espalda. Me giré lenta y sin fuerzas: ¡Garazi!
–¿Estás bien?– Me decía mientras no dejaba de pellizcarme el hombro. –No– le dije. - Siento que me voy a desvanecer. Hace mucho calor. - De pronto todo se tornó de un blanco muy brillante, un silbido monótono acuciaba mis oídos de nuevo. Parecía que me iba a caer en redondo, otra vez, mientras Garazi no dejaba de golpearme.
Escuchaba cada vez con mayor volumen: –¡Ariel, Ariel!– Pensaba que había vuelto a desplomarme en la barra, cuando abrí los ojos y me vi de nuevo en el salón de los cuadros. Bueno, de hecho lo primero que vi fue la cara de Garazi, asustada, tratando de reanimarme. En una rápida comprobación volví a sentir mis órganos originales y palpé con gran entusiasmo el horrible y harapiento vestido. –¿Pero se puede saber que coño te has tomado, Ariel?– me inquirió la amiga. –Pues me he pegado un golpetazo con la condenada mesa al inhalar accidentalmente un poco de pintura de este cua…– Oí que Garazi hablaba pero había dejado de escucharla.
–¡Eso es!– Grité. –¿El qué, es?– Preguntaba Garazi. –¡Este lugar!– dije. –Ai Ariel por favor, no te muevas creo que te has dado fuerte en la cabeza, tendríamos que ir al hospital!– A Garazi se le estaba poniendo cara de suma preocupación –No, Garazi, este lugar decadente, símbolo de otros tiempos, creado por otras personas antes de que naciéramos y sin embargo mira, aquí seguimos.- —Yo no te sigo colega, has debido inhalar demasiada pintura–. –No, no deliro Garazi. Algo me ha hecho darme cuenta de que algunas de las estúpidas inseguridades que me persiguen tienen que ver con lo que se espera de mi– –¿Y qué se espera?– Preguntó Garazi, atenta. –Pues ahora soy más consciente: recibimos consignas a diario sobre cómo debemos comportarnos–. –Bueno somos adolescentes, le pasa a todos nuestros compis–. –Puede ser, pero nuestras directrices son distintas de las que ellos reciben, ¿es que tienen que ser al final tan distintos nuestros papeles en la vida?– le dije subiendo el tono, como si creciera toda yo a través de esa certeza. –Vale tienes razón pero, ¿y qué tiene que ver eso con este horrible restaurante?–. –Bueno quizás algo de estas distinciones entre mujeres y hombres vienen de largo, mira este cuadro, la mujer a la sombra del caballero. “Detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer.”– . –Cambiar una sociedad parece complicado amiga, pero quizás podríamos empezar a cambiar algo dentro de nosotras mismas. Y se me ocurre cómo…– Me dijo Garazi mientras hacía su clásica mueca de vándala, tramando algún lío. –¡Pues di!— . –Para empezar podríamos emborronar ese cuadro, pues la pintura parece fresca, y así disolver simbólicamente las barreras entre los géneros, pues están tan construidas como pintadas sobre el lienzo. Y subir de una maldita vez a la fiesta, claro–
Me incorporé y junto a Garazi restregamos nuestras palmas enteras por el lienzo, incluso nuestros brazos, mezclando los colores del dibujo, fundiendo las líneas hasta formar una composición impresionista, como un cuadro de Monet. Después subimos las escaleras riendo, corriendo. Al llegar arriba nuestras estruendosas carcajadas causaron un silencio en la sala. La gente se volvió a mirarnos en silencio. Garazi me miraba a mí y se reía por debajo. Me lanzó un manotazo en la cara y me la pintó. Como acto reflejo me devolví y le pinté a ella también. Se acercó Manu aflojándose la corbata desde una esquina, sonriente. Y le aplasté toda la embadurnada mano en la cabeza. Todavía no sé cómo, casi todos acabamos con las ropas desencajadas, risotando entre caras conocidas, teñidas con óleos de colores. En medio de aquel tremendo y divertido escándalo alguien me dio unos suaves toques por detrás {Toc, toc} Era Garazi con algo que parecía un palo, me dijo que lo había encontrado cerca de la barra. Se lo arranqué de las manos para verlo más de cerca y no podía creer lo que mis ojos estaban presenciando. Era, sin lugar a dudas, el maldito bastón…
FIN
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